Cranford
Cranford Al decir estas últimas palabras se quitaba el sombrero. Supe por la señorita Matty que efectivamente habían hecho cuanto estaba en sus manos. Mandaron llamar a un médico muy renombrado en los alrededores y todas sus prescripciones se siguieron al pie de la letra sin reparar en gastos. La señorita Matty aseguraba que se privaban de muchas cosas para que la enferma se sintiera mejor, aunque nunca hablaban de ello. Y en cuanto a la señorita Jessie: «¡Es un auténtico ángel!», exclamaba la pobre señorita Matty, totalmente arrobada. «Hay que ver cómo sobrelleva la cólera de la señorita Brown. ¡Y qué expresión tan hermosa y radiante después de haber pasado la noche en vela, soportando reprimendas la mitad del tiempo! Y sin embargo, aparece tan pulcra y dispuesta para recibir al capitán a la hora del desayuno como si hubiera dormido la noche entera en la cama de la reina. Querida, nunca más podrías volver a reírte de sus bucles relamidos ni de sus lazos rosas si la vieras como yo la he visto». No tuve más remedio que arrepentirme sinceramente y saludar a la señorita Jessie con redoblado respeto la próxima vez que la encontré. Se la veía pálida y demacrada; al hablar de su hermana le temblaban los labios como si estuviera muy débil, pero se reanimó y retuvo las lágrimas que le hacían brillar los hermosos ojos al exclamar: