Cranford

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El capitán Brown y la señorita Jenkyns seguían manteniendo relaciones poco cordiales. La disputa literaria, de cuyo inicio fui testigo, estaba «en carne viva» y el más ligero roce les provocaba una mueca de dolor. Era aquella la única discrepancia de opinión que ambos habían tenido, pero era suficiente. La señorita Jenkyns no podía abstenerse de hablar con el capitán Brown y este, aunque no replicaba, tamborileaba con los dedos, acción que la ofendía por considerarla un menosprecio al doctor Johnson. El capitán hacía ostentación de sus preferencias por el señor Boz y caminaba por la calle tan absorto en su lectura que una vez a punto estuvo de embestir a la señorita Jenkyns; aunque sus excusas fueron espontáneas y sinceras, y a despecho de que, en realidad, la única consecuencia fue la del mutuo sobresalto, ella me confesó que habría preferido que la derribara al suelo, a condición de que hubiera ido leyendo un estilo más elevado de literatura. ¡Pobre capitán, tan valiente! Parecía más viejo y desgastado, y sus ropas cada vez más raídas, pero tan jovial y animoso como siempre, excepto cuando le preguntaban por la salud de su hija.

—Sufre mucho, y ha de padecer más aún; hacemos todo lo posible para aliviar su dolor. Que se cumpla la voluntad de Dios.


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