Cranford

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Mi siguiente visita a Cranford tuvo lugar en verano. Desde la última vez que había estado allí, no se había dado nacimiento, muerte o casamiento alguno. Todo el mundo vivía en la misma casa y llevaba poco más o menos la misma ropa, bien cuidada y pasada de moda. El gran acontecimiento era que la señorita Jenkyns había adquirido una alfombra nueva para su salón. ¡Qué frenética actividad desarrollamos la señorita Matty y yo persiguiendo los rayos de sol que por la tarde caían directamente sobre la alfombra a través de la ventana sin postigos! Extendíamos papel de periódico en todos los lugares a donde aquellos llegaban y nos sentábamos con el libro o la labor en la mano, pero ¡ay! un cuarto de hora más tarde el sol se había desplazado y abrasaba sin piedad un nuevo retazo; y nosotras volvíamos a ponernos de rodillas para cambiar los periódicos de lugar. También estuvimos muy ocupadas la mañana anterior a la reunión que ofreció la señorita Jenkyns, pues, siguiendo sus directrices, recortamos y cosimos papeles de periódico con el fin de formar caminitos que llevaran a la silla de las visitas para que los zapatos no pudieran mancillar o profanar la pureza de la alfombra. ¿También en Londres hacen ustedes senderos de papel para que anden por ellos las visitas?




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