Cranford
Cranford El capitán Brown se presentó un día para agradecer a la señorita Jenkyns los detalles que tenía con su hija, de los que hasta entonces yo no había tenido noticia. En poco tiempo había envejecido; ahora, su sonora voz de bajo era trémula, los ojos apagados y las arrugas del rostro más pronunciadas. Ya no hablaba jovialmente —se sentía incapaz— del estado de su hija, y pronunció pocas palabras, en un tono de resignación varonil y piadosa. Dos veces se lamentó: «Sólo Dios sabe lo que Jessie ha significado para nosotros», y después de la segunda se levantó apresuradamente, nos dio la mano a todas en silencio y abandonó la habitación.
Aquella tarde vimos pequeños grupos en la calle que escuchaban aterrados lo que se les relataba. La señorita Jenkyns barruntó un buen rato cuál podía ser el motivo hasta que finalmente se rebajó a mandar a Jenny a informarse.
Jenny regresó con la cara lívida de espanto. «¡Señorita, señorita! ¡Ay, señorita Jenkyns! ¡Al capitán Brown lo ha matado ese horrible ferrocarril!», gritó estallando en llanto. Ella, como tantas otras, había experimentado la bondad del infortunado capitán.
—¿Cómo? ¿Dónde? ¿Dónde? ¡Santo Dios! Jenny, deja de llorar y dinos algo.
La señorita Matty se lanzó precipitadamente a la calle y cogió por el cuello al hombre que contaba la noticia.