Cranford
Cranford —Entre, venga a ver inmediatamente a mi hermana, la hija del párroco. ¡Por Dios, buen hombre, dÃgame que no es cierto! —gritaba mientras hacÃa entrar al atemorizado carretero en el salón, donde este, tras alisarse el cabello, permaneció de pie con las botas mojadas sobre la alfombra nueva y nadie se dio cuenta.
—Disculpe, señora, pero es verdad. Yo mismo lo he visto —explicó, y se estremeció al recordarlo—. El capitán iba leyendo un nuevo libro, muy absorto, mientras esperaba la llegada del tren; habÃa allà una niñita que, ansiosa por ver a su madre, se zafó de su hermana y se dirigió tambaleándose hacia la vÃa. De súbito él alzó la vista al oÃr el tren que se acercaba y vio a la niña; se lanzó a la vÃa y la cogió, resbaló y el tren que se le vino encima. ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Ay, señora, es verdad! Han venido a comunicárselo a sus hijas. La niña se ha salvado, sólo tiene un golpetazo en el hombro de cuando él la ha lanzado contra su madre. ¡Pobre capitán, estarÃa muy contento de saberlo! ¿No le parece, señora? ¡Que Dios le bendiga!
El tosco carretero frunció la cara varonil y se dio la vuelta para ocultar el llanto. Miré a la señorita Jenkyns: estaba descompuesta, como a punto de desmayarse, y me indicó por señas que abriera la ventana.
—Matilda, tráeme el sombrero. Debo ir a ver a esas muchachas. Que Dios me perdone si alguna vez he hablado con desdén al capitán.