Cranford

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La señorita Jenkyns se atavió para salir no sin antes decir a la señorita Matilda que diera un vaso de vino a aquel hombre. Durante su ausencia, la señorita Matty y yo nos acurrucamos junto al fuego y hablamos en voz baja y entrecortada. Todo el tiempo estuvimos llorando en silencio.

La señorita regresó con aspecto adusto y no nos atrevimos a hacerle demasiadas preguntas. Nos contó que la señorita Jessie se había desmayado y que a ella y a la señorita Pole les había costado hacerla volver en sí, pero que cuando recuperó el conocimiento, les rogó que fuesen a hacer compañía a su hermana.

—El señor Hoggins dice que no va a durar muchos días y debemos ahorrarle ese golpe —dijo la señorita Jessie, estremeciéndose ante sentimientos a los que no se atrevía a dar rienda suelta.

—¿Cómo va a hacerlo, querida? —preguntó la señorita Jenkyns—. No podrá evitar que vea sus lágrimas.

—Dios me ayudará. No me vendré abajo. Estaba dormida cuando ha llegado la noticia, y tal vez ahora siga durmiendo. Se entristecería demasiado, no sólo por la muerte de mi padre, sino también pensando en lo que será de mí. Siempre se ha portado muy bien conmigo.


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