Cranford
Cranford Creía que mi relación con Cranford tal vez cesaría después de morir la señorita Jenkyns, o que a lo sumo se mantendría por correspondencia, lo que guarda la misma relación con una amistad íntima que los herbarios que veo a veces (Hortus Siccus, creo que los llaman) con las flores vivas de márgenes y prados. Por ello me sorprendió gratamente recibir una carta de la señorita Pole (que siempre me había invitado a pasar una semana suplementaria tras mi visita anual a la señorita Jenkyns) proponiéndome que fuese a su casa; luego, a los dos días de aceptar su invitación, recibí una nota de la señorita Matty comunicándome, en un humilde tono lleno de circunloquios, que para ella sería un inmenso honor que aceptara pasar una o dos semanas en su casa, antes o después de estar con la señorita Pole. «Pues desde que murió mi hermana —decía— sé perfectamente que no tengo nada atractivo que ofrecer y sólo gracias a la amabilidad de mis amigas puedo disfrutar de su compañía». No hace falta decir que prometí a la señorita Matty ir a su casa tan pronto como terminara mi estancia con la señorita Pole, y al día siguiente de mi llegada a Cranford acudí a visitarla, sintiendo gran curiosidad por ver cómo sería la casa sin la señorita Jenkyns y temiendo el cambio de aspecto de las cosas. La señorita Matty se echó a llorar en cuanto me vio. No cabía duda de que estaba nerviosa por haber anticipado yo la visita. La tranquilicé como pude y comprendí que el mayor consuelo que podía darle era la sincera alabanza que me salía del alma al hablar de la difunta. La señorita Matty asentía despacio con la cabeza, acompañando cada una de las virtudes que yo atribuía a su hermana; finalmente, incapaz de contener las lágrimas que habían fluido en silencio durante un buen rato, ocultó la cara con el pañuelo y sollozó abiertamente sin recato.