Cranford
Cranford —Querida señorita Matty —dije cogiéndole la mano, pues no sabía cómo decirle hasta qué punto me afligía que se hubiera quedado sola en el mundo.
Apartó el pañuelo y dijo:
—Preferiría que no me llamaras Matty, querida. A ella no le gustaba; pero temo haber hecho muchas cosas que no le agradaban. Y ahora se ha ido. ¿Te importaría, amiga mía, llamarme Matilda?
Le di mi palabra de honor y aquel mismo día empecé a practicar el nuevo nombre con la señorita Pole; el deseo de la señorita Matilda se fue conociendo poco a poco en Cranford y todas intentamos olvidar el diminutivo, aunque con tan poco éxito que acabamos por abandonar la empresa.