Cranford

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Mi estancia con la señorita Pole fue muy apacible. La señorita Jenkyns había tenido la supremacía de Cranford durante tanto tiempo que en su ausencia las demás apenas sabían organizar una reunión. La honorable señora Jamieson, a quien la señorita Jenkyns siempre había cedido el puesto de honor, estaba gruesa e inmóvil y prácticamente a merced de sus viejas criadas: si ellas creían que debía dar una reunión, le recordaban la necesidad de hacerlo; si no, ella ni lo pensaba. La mayor parte del tiempo yo estaba libre para escuchar las rancias historias de la señorita Pole, cuando ella se sentaba con su labor de calceta y yo cosía las camisas de mi padre. Siempre me llevaba una gran cantidad de costura a Cranford; puesto que leíamos poco y no paseábamos mucho, por lo menos aprovechaba el tiempo haciendo mis labores. Una de las historias de la señorita Pole se refería a la sombra de un enamoramiento vagamente percibido o sospechado muchos años antes.

No tardó en llegar la hora de trasladarme a casa de la señorita Matilda. La encontré tímida y ansiosa disponiendo los arreglos para hospedarme con comodidad. Mientras yo deshacía el equipaje, no paraba de ir y venir a la chimenea para atizar el fuego, que ardía peor que nunca de tanto removerlo.



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