Cranford
Cranford —¡Pero si esa dama lleva gorras de viuda!
—QuerÃa decir de un estilo semejante. No de viuda, naturalmente, pero parecidas a los que lleva ella.
El esfuerzo por ocultar sus sentimientos fue el principio del temblor de manos y cabeza que desde entonces observé en la señorita Matty.
La noche de aquel mismo dÃa que supimos de la muerte del señor Holbrook, la señorita Matilda se mostró callada y pensativa. Tras las plegarias, llamó a Martha. Ante su presencia se quedó unos instantes indecisa.
—Escucha, Martha —dijo finalmente—. Tú eres joven…
Luego hizo una pausa tan larga que Martha, para recordarle que habÃa dejado la frase a medias, respondió por cortesÃa:
—Con su permiso, señora. Cumplà veintidós el pasado tres de octubre.
—Tal vez algún dÃa conozcas a un joven que te guste y al que tú también agrades. Te prohibà que te visitara ningún pretendiente, pero si te encuentras con algún joven agradable y me lo dices, y yo lo encuentro respetable, no tengo inconveniente en que lo recibas una vez a la semana. Dios me libre —dijo en voz baja— de hacer sufrir a un corazón joven.
Hablaba como si quisiera prever cualquier lejana eventualidad y casi se sobresaltó cuando Martha respondió con ansiosa prontitud: