Cranford
Cranford Al día siguiente, la señorita Pole nos comunicó el fallecimiento del señor Holbrook. La señorita Matty escuchó la noticia en silencio; por lo que habían dicho el día antes, era el desenlace que cabía esperar. La señorita Pole esperaba alguna muestra de pesar y nos invitaba insistentemente a expresar nuestro dolor.
—Qué triste que se haya ido, ¿no les parece? Cuando pienso en aquel agradable día de junio en que lo visitamos… ¡Tenía tan buen aspecto! Podría haber vivido doce años más de no haber ido a París, ciudad perversa donde siempre acontecen revoluciones.
Hizo una pausa para que diéramos rienda suelta a nuestros sentimientos. Vi que la señorita Matty no podía hablar y temblaba nerviosamente, de modo que expresé lo que sentía; la visita fue larga y tengo la certeza de que todo el tiempo la señorita Pole estuvo pensando que la señorita Matty encajaba la noticia con mucha calma; finalmente nuestra visitante se despidió.
La señorita Matty hizo un esfuerzo extraordinario para ocultar sus sentimientos incluso conmigo, pues nunca más volvió a aludir al señor Holbrook; no obstante, el libro que él le había regalado descansaba en la mesilla de noche junto a la Biblia. Creyó que no la oía cuando encargó a la modistilla de Cranford que le confeccionara unas gorras parecidas a las que llevaba la honorable señora Jamieson, y que no me daba cuenta de su respuesta: