Cranford

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A mí no me parece raro, pensé. Pero no dije nada. Casi me sentía culpable por haber espiado con demasiada curiosidad en su corazón sensible y no tenía la menor intención de pregonar unos secretos que la señorita Matty creía ocultos para el resto del mundo. Acompañé a la señorita Pole al saloncito de la señorita Matilda y las dejé a solas. No me sorprendió que Martha se acercara a la puerta de mi dormitorio para comunicarme que comería sola, pues la señorita padecía una de sus terribles jaquecas. Bajó a la hora del té, aunque se notaba que le costaba un esfuerzo considerable; como queriendo compensar un sentimiento de rencor hacia su difunta hermana, la señorita Jenkyns, que la había perturbado toda la tarde y que ahora la hacía sentirse arrepentida, empezó a decirme cuán buena e inteligente era Deborah en su juventud, cómo solía decidir qué vestidos llevar a las fiestas (ideas vagas y fantasmagóricas de austeras reuniones, tan lejanas ya, cuando la señorita Matty y la señorita Pole eran jóvenes); que Deborah y su madre habían iniciado la sociedad benéfica en favor de los pobres y enseñaban a las muchachas nociones de cocina y costura; que en una ocasión Deborah había bailado con un lord; que solía visitar la inmensa casa solariega de sir Peter Arley, que albergaba treinta sirvientes, y había tratado de reformar el tranquilo establecimiento de la rectoría siguiendo el modelo de aquella; que había cuidado de la señorita Matty durante una larguísima enfermedad, de la que yo nunca había oído hablar pero que ahora situé mentalmente en la época inmediatamente posterior a su negativa ante la petición de mano del señor Holbrook. Así, hablando plácida y dulcemente de los viejos tiempos, transcurrió aquella larga noche de noviembre.


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