Cranford

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Martha estaba a punto de echarse a llorar otra vez y mal podía yo consolarla, pues sabía, por propia experiencia, el horror que las dos hermanas Jenkyns sentían por los «pretendientes»; y en el estado de nervios en que se encontraba la señorita Matty, no era probable que disminuyeran su aprensión.

Al día siguiente fui a ver a la señorita Pole y mi visita la cogió por sorpresa, pues llevaba dos días sin ver a la señorita Matilda.

—Voy a acompañarla a casa. Le prometí mantenerla informada de cómo estaba Thomas Holbrook; y lamento decir que su ama de llaves me ha mandado aviso de que no le queda mucho tiempo de vida. ¡Pobre Thomas! El viaje a París ha podido con él. El ama de llaves dice que apenas ha vuelto a sus campos desde su regreso; que se sienta en su contaduría con las manos sobre las rodillas, sin leer ni hacer nada, y sólo habla de que París es una ciudad maravillosa. Tendrá que responder París de la muerte de mi primo Thomas, porque otro hombre tan bueno como él jamás ha existido.

—¿Sabe la señorita Matilda que está enfermo? —pregunté, y caí en la cuenta del motivo de su indisposición.

—Por supuesto, querida. ¿No se lo ha dicho? Se lo comuniqué en cuanto tuve la primera noticia; de eso hará quince días, tal vez un poco más. ¡Qué extraño que no se lo haya comentado!


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