Cranford
Cranford —Más de quince dÃas, dirÃa yo. SÃ, fue un martes. Cayó en este estado de decaimiento tras la visita de la señorita Pole. Creà que estaba fatigada y que se sentirÃa mejor si dormÃa bien aquella noche, mas no fue asÃ. Desde entonces no ha hecho más que empeorar. Por eso consideré mi deber escribirle, señora.
—Hiciste muy bien, Martha. Es un consuelo pensar que cuenta con una sirvienta tan fiel. ¿Te encuentras cómoda en esta casa?
—Pues… la señora es muy amable, hay mucha comida y bebida y no hay tanto trabajo que no se pueda hacer sin dificultad, pero… —Martha titubeó.
—Pero… ¿qué, Martha?
—La señora es muy estricta al no dejarme tener pretendientes; en la ciudad hay muchos jóvenes y más de uno se ha ofrecido a acompañarme; puede que nunca más vuelva a vivir en un lugar asà y tengo la sensación de que me estoy perdiendo una oportunidad. Cualquiera de las muchachas que conozco habrÃan engañado a la señora, pero le di mi palabra y la cumplo. Aunque esta casa es ideal para que la señora no se enterase si viniera alguno, con una cocina tan grande y tantos rincones oscuros que podrÃa esconder a cualquiera. El domingo por la noche los conté; confieso que me puse a llorar porque habÃa tenido que dar con la puerta en las narices a Jem Hearn, un joven formal ideal para cualquier muchacha; pero le habÃa dado mi palabra a la señora.