Cranford
Cranford —DesearÃa que no se fuese a ParÃs —dijo la señorita Matilda con ansiedad—. No creo que las ranas le sienten bien; antes debÃa tener mucho cuidado con la comida, cosa extraña en un joven de aspecto tan robusto.
Partà poco después, no sin antes ordenar a Martha que cuidase de su ama y que me mandara avisar enseguida si creÃa que la señorita Matilda no estaba bien, en cuyo caso irÃa gustosamente a pasar unos dÃas con mi antigua amiga sin hacerla partÃcipe de la información proporcionada por Martha.
En consecuencia, periódicamente me llegaban un par de lÃneas de Martha. En noviembre me envió una nota diciendo que su ama estaba «muy decaÃda y sin apetito alguno». La noticia me causó tal ansiedad que empaqueté mis cosas y partÃ, aunque Martha no reclamaba mi presencia explÃcitamente.
Se me dispensó una calurosa bienvenida a pesar del leve trastorno causado por mi inesperada visita, pues apenas la habÃa anunciado un dÃa antes. La señorita Matilda parecÃa muy enferma y me dispuse a consolarla y mimarla.
Bajé para tener una conversación a solas con Martha.
—¿Desde cuándo está la señora en este estado? —le pregunté junto a los fogones.