Cranford
Cranford Finalmente vino. Sentado con las palmas sobre las rodillas, que mantenÃa separadas, la cabeza inclinada y silbando, escuchaba las respuestas que le dábamos acerca de nuestro feliz regreso. De pronto se levantó de un salto.
—Bien, señoras, ¿desean algún encargo de ParÃs? Voy a ir dentro de una o dos semanas.
—¡A ParÃs! —exclamamos a dúo.
—SÃ, señoras. Jamás he estado y siempre he deseado ir allÃ; y se me ocurre que si no voy pronto, tal vez no lo haga nunca. De modo que partiré en cuanto esté recogido el heno y antes de la cosecha.
Quedamos tan atónitas que no pudimos pensar en ningún encargo. Cuando estaba a punto de abandonar la sala, se dio la vuelta profiriendo su exclamación favorita:
—¡Que Dios me perdone! A punto he estado de olvidar la mitad de mi misión. Aquà están los poemas que tanto admiró la otra tarde en mi casa. —Extrajo un paquete del bolsillo de la casaca—. Adiós, señorita —dijo—. Adiós, Matty, cuÃdese.
Y se marchó. No obstante, le habÃa dado un libro y la habÃa llamado Matty, igual que treinta años atrás.