Cranford
Cranford —¡A mi edad! —exclamó airada la señorita Matty; ella, que solÃa ser tan amable—. ¡A mi edad! ¿Cuántos años crees que tengo, para hablar de mi edad?
—Verá, yo dirÃa que no le faltan muchos para los sesenta, pero a veces la gente aparenta más años de los que tiene. De todas maneras, no lo he dicho con mala intención.
—Tienes que saber, Martha, que aún no he cumplido los cincuenta y dos —replicó la señorita Matty con grave énfasis. Probablemente aquel dÃa el recuerdo de su juventud se le habÃa aparecido con suma nitidez y le molestaba descubrir que la época dorada pertenecÃa a un pasado tan lejano.
Jamás me habló de su antigua relación con el señor Holbrook. Acaso encontró tan escasa simpatÃa por su primer amor que lo encerró con llave en su corazón; sólo mediante cierta vigilancia, que apenas pude evitar tras las confidencias de la señorita Pole, comprendà hasta qué punto habÃa sido leal su corazón en el dolor y el silencio.
Me dio buenas razones para ponerse a diario su mejor gorra y sentarse junto a la ventana, a pesar del reuma, para observar la calle sin ser vista.