Cranford
Cranford A menudo he observado que casi todas las personas tienen su propia manera de hacer pequeñas economías, cuidadosas costumbres de ahorrar fracciones de penique en un sentido determinado y cuyo incumplimiento les fastidia más que gastar chelines o libras en cualquier auténtica extravagancia. Un anciano caballero conocido mío que recibió con estoica templanza la noticia de la quiebra de un banco privado en el que había invertido parte de su capital, importunó a su familia durante un día entero de verano porque uno de ellos había arrancado (en lugar de cortar) las hojas escritas de su libreta de ahorros ya inútil; naturalmente, los otros extremos de las páginas correspondientes se cayeron también y aquel derroche innecesario de papel (su peculiar sentido del ahorro) le irritó más que todo el dinero perdido. La aparición de los sobres engomados turbó terriblemente su espíritu y la única manera en que podía resignarse a aceptar tamaño despilfarro de un artículo tan preciado era volver pacientemente del revés todos los que recibía para así poder utilizarlos de nuevo. Aún ahora que lo domeña la edad, lo veo lanzar miradas ansiosas a sus hijas cuando para aceptar una invitación envían un pliego entero de papel de carta con tres líneas escritas en una sola cara. No me importa confesar que yo misma tampoco me sustraigo a esta flaqueza humana. Mi debilidad son los cordeles. Siempre llevo los bolsillos llenos de pequeños ovillos de bramante que recojo y arrollo, listos para ser usados en una ocasión que nunca llega. Me molesta sobremanera que alguien corte el cordel de un paquete en vez de deshacer los nudos uno a uno con infinita paciencia y no alcanzo a comprender que la gente se acostumbre a usar tan a la ligera las bandas de caucho, especie de deificación de la cuerda. Para mí, una banda de caucho es un tesoro muy valioso. No tengo más que una, y no es nueva: la recogí del suelo hará cosa de seis años. He intentado utilizarla, de verdad, pero me faltó fuerza de voluntad para cometer tal extravagancia.