Cuentos goticos

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Transcurrieron muchos meses sin que se produjera ningún cambio. Lucy rogó a mi tío que le dejase seguir donde estaba… temiendo, según supe, que al venir con su temible compañera a vivir en la misma casa que yo, mi amor no soportara las repetidas conmociones a las que estaría condenado. No lo creía porque desconfiase de la fuerza de mi cariño, sino por una especie de compasión misericordiosa ante el terror nervioso que veía claramente que causaba a todos la diabólica aparición.

Me sentía inquieto y abatido. Me consagré a las buenas obras; pero no me movió a ello el amor, sólo la esperanza de la recompensa; y por eso no llegaba nunca. Al fin pedí permiso a mi tío para viajar; y partí como un viajero errante sin otro objetivo concreto que el de tantos viajeros errantes: escapar de mí mismo. Un extraño impulso me llevó a Amberes, a pesar de las guerras y conmociones que azotaban los Países Bajos, o, tal vez precisamente por eso, fue el anhelo de interesarme por algo exterior lo que me condujo al centro mismo de la lucha que se desarrollaba entonces contra los austriacos. Había motines y disturbios civiles en todas las ciudades de Flandes, sofocados sólo por la fuerza y por la presencia en cada una de ellas de una guarnición austriaca.



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