Cuentos goticos

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Llegué a Amberes e hice indagaciones para localizar al padre Bernard. Se había ido a pasar unos días al campo. Pregunté entonces cómo se iba al convento de las clarisas pobres; pero, siendo yo una persona saludable y rica, sólo me estaba permitido ver los gruesos muros grises y sombríos, rodeados de callejuelas, en la parte más baja de la ciudad. El mesonero me dijo que, si me hubiese sobrevenido alguna enfermedad repugnante, o me hallase en una situación desesperada, las clarisas pobres me habrían acogido y atendido. Hablaba de ellas como de una de las congregaciones de caridad más rigurosas; la ropa que vestían era escasa y de la tela más tosca; iban descalzas; vivían de lo que los habitantes de Amberes tenían a bien darles y compartían incluso aquellas sobras y migajas con los pobres y desamparados que pululaban por todas partes; no recibían cartas ni tenían comunicación con el mundo exterior, vivían completamente ajenas a todo lo que no fuese aliviar el sufrimiento del prójimo. Sonrió cuando le pregunté si podría hablar con una de ellas, y me dijo que tenían prohibido hablar hasta para pedir el sustento diario; aunque estuviesen vivas todavía y alimentasen a otros con lo que por caridad les daban de limosna.

—Pero ¿y si todos se olvidasen de ellas? —exclamé—. ¿Seguirían calladas y morirían sin dar muestra de su penuria?


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