Cuentos goticos

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—Si así fuese la regla, lo harían de buen grado; pero la fundadora indicó un remedio para los casos extremos como el que usted menciona. Tienen una campana, una sola, pequeña, según tengo entendido, y no se recuerda que hayan tenido que tocarla nunca: cuando lleven sin nada que comer veinticuatro horas, deben tocarla y confiar en que la buena gente de Amberes acuda presurosa en auxilio de las clarisas, que tan santos cuidados nos han prodigado siempre en nuestras apuros.

Pensé que el auxilio llegaría tarde cuando se diese el caso; pero no dije lo que pensaba. Preferí desviar la conversación preguntándole si conocía a la hermana Magdalena o había oído hablar de ella.

—Sí —me dijo, bajando la voz—, hay cosas que acaban sabiéndose, incluso de un convento de clarisas pobres. La hermana Magdalena es una gran pecadora o una gran santa. Hace más que todas las otras monjas juntas, según me han dicho; sin embargo, cuando el mes pasado quisieron nombrarla madre superiora, les suplicó que le diesen el puesto más bajo y que la hiciesen la sierva más humilde de todas.

—¿No la ha visto nunca? —pregunté.

—Nunca —contestó.


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