Cuentos goticos

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Estaba cansado de esperar al padre Bernard, pero seguí en Amberes de todos modos. La situación política era peor que nunca, agudizada por la escasez de alimentos derivada de las malas cosechas. En todas las esquinas de las calles había grupos de hombres feroces y escuálidos, que lanzaban miradas rapaces a mi piel lustrosa y a mi traje elegante.

Por fin regresó el padre Bernard. Tuvimos una larga conversación y me contó que el señor Gisborne, el padre de Lucy, estaba en uno de los regimientos de Amberes, de guarnición por entonces en la ciudad. Le pregunté si podría presentarnos y accedió a hacerlo. Pero al cabo de unos días me comunicó que, al oír mi nombre, el señor Gisborne se había negado a responder a cualquier insinuación mía, alegando que había abjurado de su patria y odiaba a sus compatriotas.

Es probable que recordase mi nombre en relación con el de su hija Lucy. Sea como fuere, estaba bastante claro que no tenía ninguna posibilidad de conocerle. El padre Bernard confirmó mis sospechas sobre la conspiración, para cierto mal inminente, que estaba gestándose entre los blouses, las clases bajas de Amberes, y dijo que creía preferible que me fuese de la ciudad. Pero yo en realidad anhelaba la emoción del peligro y me negué obstinadamente a marcharme.


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