Cuentos goticos
Cuentos goticos Un dÃa, paseaba con él por la Place Verte y vi que saludaba con una venia a un oficial austriaco que cruzaba la plaza hacia la catedral.
—Es el señor Gisborne —me dijo, en cuanto dejamos atrás a aquel caballero.
Me volvà a mirarle, era un oficial alto y delgado, un hombre de porte majestuoso, aunque pasaba de la madurez y podÃa tener cierta excusa para encorvarse un poco. Se volvió en redondo mientras le observaba, nuestras miradas se encontraron y le vi la cara. Era un rostro surcado por profundas arrugas, cetrino, ajado; con las huellas de la pasión unidas a las de los azares de la guerra. Nos miramos sólo un momento. Ambos nos volvimos de nuevo y seguimos nuestros caminos divergentes.