Cuentos goticos
Cuentos goticos Pero había algo en todo su porte que no resultaba fácil de olvidar; el conjunto de su atuendo y la evidente atención que le dedicaba no compaginaban con la expresión lúgubre y sombría de su rostro. Como era el padre de Lucy, me esforcé instintivamente por encontrarme con él en todas partes. Debió acabar reparando en mi obcecación, porque me miraba con ceño altanero siempre que me cruzaba con él. Pero quiso la suerte que en uno de aquellos encuentros le hiciese cierto favor. Al doblar la esquina de una calle, se tropezó con uno de los grupos de flamencos descontentos de los que he hablado. Cruzaron algunas palabras, el caballero desenvainó la espada y asestó un ligera pero diestra estocada a uno de los que yo supuse que le habían insultado, aunque estaba demasiado lejos para oírlo. Se habrían lanzado todos sobre él si yo no hubiese corrido lanzando el grito, bien conocido entonces en Amberes, de aviso a los soldados austriacos que patrullaban continuamente las calles y que acudieron en gran número en su defensa. Creo que ni el señor Gisborne ni el grupo de plebeyos agradecieron mucho mi intromisión. Él se había colocado junto a una pared, en hábil posición defensiva, con el estoque reluciente y centelleante dispuesto a luchar con aquellos hombres toscos, furiosos y desarmados, unos seis o siete en total. Pero, cuando llegaron sus soldados, envainó la espada y, con una palabra despreocupada de mando, les ordenó que se retiraran y prosiguió su paseo solo calle abajo, mientras los menestrales vociferaban, harto deseosos de arremeter contra mí por haber dado la voz de alarma. La vida me parecía una carga tan pesada en aquel momento que no me habría importado que lo hicieran; y tal vez fuese la audaz indiferencia con que me demoré lo que impidió que me atacaran. Incluso me permitieron conversar con ellos, y me contaron algunos de sus agravios. Eran graves y bastante insoportables, por lo que no es de extrañar que estuviesen furiosos y desesperados.