Cuentos goticos

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Cuando le quitaron la venda de los ojos, estaba en una sala respetable, de aspecto familiar. Entró un caballero de edad madura y le dijo que, hasta que no hubiese transcurrido cierto tiempo (lo que se le indicaría de una forma determinada, pero cuya duración no se mencionó entonces), debía jurar que guardaría secreto sobre los medios por los que había conseguido los documentos. Lo juró, y el caballero, no sin cierta emoción, reconoció que era el padre desaparecido del heredero. Parece ser que se había enamorado de una damisela, amiga de la persona con quien se alojaba. Había hecho creer a la joven que era soltero; ella respondió de buen grado a sus galanteos y su padre, un tendero de la ciudad, no se mostró contrario al enlace, pues el caballero de Lancashire tenía buena presencia y muchas cualidades que el comerciante creía que resultarían gratas a sus clientes. Se cerró el trato y el descendiente de una estirpe de caballeros se casó con la hija única del tendero de la ciudad, convirtiéndose en socio comanditario en el negocio. Aseguró a su hijo que nunca se había arrepentido del paso que había dado, que su mujer de baja condición era dulce, dócil y afectuosa y que tenían una familia numerosa, próspera y feliz. Preguntó luego afectuosamente por su primera esposa (o debería decir más bien verdadera), aprobó lo que ella había hecho respecto a la hacienda y a la educación de los hijos; pero dijo que estaba muerto para ella lo mismo que ella lo estaba para él. Prometió que cuando él muriese de verdad se enviaría a Garratt un mensaje, cuya naturaleza no especificó, dirigido a su hijo, y que hasta entonces no habría más comunicación entre ellos, pues era inútil intentar descubrirle bajo su incógnito, aunque en el juramento no hubiese quedado prohibido hacer tal cosa. Me atrevo a decir que el joven no tenía grandes deseos de localizar al padre, que sólo lo había sido de nombre. Regresó a Lancashire, tomó posesión de la finca en Manchester y tardó muchos años en recibir el misterioso testimonio de la muerte real de su padre. Entonces explicó los detalles relacionados con la recuperación de los títulos de propiedad al señor S., y a algún que otro amigo íntimo. Cuando la familia se extinguió o abandonó Garratt, dejó de ser un secreto bien guardado y la señorita S., la anciana hija del apoderado de la familia, contó la historia de la desaparición.


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