Cuentos goticos

Cuentos goticos

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El propietario de esa finca se casó joven en una fecha indeterminada de la primera mitad del siglo pasado; él y su esposa tuvieron varios hijos y vivieron feliz y plácidamente muchos años. Hasta que un día, el marido tuvo que ir a Londres a resolver un asunto. Era un viaje de una semana en aquellos tiempos. Escribió comunicando su llegada, y creo que no volvió a escribir nunca. Parecía que se lo hubiese tragado el abismo de la metrópoli, porque ningún amigo (y la dama tenía muchas amistades influyentes) pudo averiguar y explicarle qué había sido de él. La idea predominante era que le habrían asaltado los ladrones callejeros que pululaban entonces por la ciudad, que se había resistido y le habían matado. Su esposa fue perdiendo poco a poco la esperanza de volver a verlo y se consagró al cuidado de sus hijos. Y así siguieron las cosas, bastante plácidamente, hasta que el heredero llegó a la mayoría de edad y necesitaron ciertos documentos para poder tomar posesión de la propiedad legalmente. El señor S. (el abogado de la familia) declaró que había entregado aquellos documentos al caballero desaparecido justo antes de su último viaje misterioso a Londres, con el que yo creo que se relacionaban de algún modo. Era posible que aún existieran. Podría tenerlos en su poder alguien en Londres, a sabiendas o no de su importancia. De todos modos, el señor S. aconsejó a su cliente que pusiese un anuncio en los periódicos de Londres, redactado con la suficiente habilidad para que sólo lo entendiera quien guardara los importantes documentos. Y así se hizo; el anuncio se repitió a intervalos durante un tiempo, pero sin ningún resultado. Pero al final se recibió una respuesta misteriosa, especificando que los documentos existían y que se entregarían, pero sólo con ciertas condiciones y al heredero en persona. Así que el joven viajó a Londres y acudió, siguiendo las instrucciones, a una casa antigua de Barbican, donde un individuo, que al parecer le esperaba, le dijo que debía permitir que le vendara los ojos y que le guiara. Luego le llevó por varios pasadizos y, al final de uno, le subieron a una silla de manos y le llevaron en ella durante una hora o más; siempre declaró que le habían dado muchas vueltas y que creía que al final le habían dejado cerca del punto de partida.


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