Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Está agonizando una clarisa! ¡Ha muerto una clarisa pobre!
Arrastrados una vez más por la muchedumbre, entramos en la capilla de las clarisas pobres. En unas andas, delante del altar mayor, yacÃa una mujer, yacÃa la hermana Magdalena, yacÃa Bridget Fitzgerald. A su lado, el padre Bernard, con las vestiduras ceremoniales, daba la solemne absolución de la Iglesia con el crucifijo en alto, como dirigida a alguien que acabase de confesar un pecado mortal. Me debatà para abrirme paso hasta que conseguà llegar junto a la moribunda que recibÃa la extremaunción en medio del murmullo entrecortado y sobrecogido de la multitud que nos rodeaba. TenÃa los ojos vidriosos y los miembros rÃgidos; pero, cuando acabó la ceremonia, incorporó despacio su descarnada figura y se le iluminaron los ojos con una extraña y gozosa intensidad; con el brillo extasiado de la mirada y el gesto de su dedo, parecÃa que estuviese contemplando la desaparición de una criatura detestable y temible.
—¡Ella ya está libre de la maldición! —dijo, y cayó de espaldas, muerta.