Cuentos goticos
Cuentos goticos Nos encontramos con los que volvĂan, pálidos y afligidos. SalĂan del convento para dejar paso a los que llegaban con sus ofrendas.
—¡Deprisa, deprisa! —decĂan—. ¡Se está muriendo una clarisa! ¡Una clarisa pobre se muere de hambre! ¡Que Dios nos perdone y que perdone a nuestra ciudad!
Seguimos avanzando. La corriente humana nos arrastraba. Pasamos por refectorios vacĂos; entramos en celdas sobre cuyas puertas estaba escrito el nombre conventual de la religiosa que lo ocupaba. Y de ese modo me vi forzado a entrar con otros en la celda de la hermana Magdalena. En su lecho yacĂa Gisborne, con la palidez de la muerte, pero vivo. A su lado habĂa un vaso de agua y un bocado pequeño de pan mohoso, que Ă©l mismo habĂa apartado, y no podĂa moverse para recuperarlo. Frente al lecho, arriba, vi estas palabras escritas en nuestro idioma: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber».
Algunos le dimos algo de lo que llevábamos y le dejamos comiendo tan ávidamente como una fiera hambrienta. HabĂa cesado el tañido agudo de la campana de las clarisas, pero se oĂa el toque solemne que indica en todos los paĂses cristianos el tránsito del espĂritu de la vida terrenal a la eternidad; y de nuevo se elevĂł y creciĂł el murmullo de muchas voces sobrecogidas: