Cuentos goticos
Cuentos goticos El posadero abrió un postigo, el mejor para ver lo que pasaba. Entonces oÃmos una campana que repiqueteaba débil y aceleradamente, un repiqueteo agudo que se elevaba en el aire, claro y diferenciado de todos los demás sonidos.
—¡Virgen santÃsima! —exclamó el posadero—. ¡Las clarisas pobres!
Se apresuró a recoger lo que quedaba de mi comida y me dijo que le siguiera. Corrió escaleras abajo, recogió más alimentos que le dieron afanosamente las mujeres de la casa, y en un momento estábamos en la calle, avanzando con un gran rÃo humano hacia el convento de las clarisas pobres. Y la campana seguÃa doblando, perforándonos los tÃmpanos con su grito inarticulado. En la extraña multitud habÃa viejos temblorosos y gimientes con su pequeña ración de comida; mujeres llorosas que llevaban las pocas provisiones que tenÃan en las mismas vasijas en que las guardaban en su casa, y que a menudo pesaban mucho más que lo que contenÃan; niños sonrosados que sujetaban con firmeza el bocado de pan o de pastel mordido, en su afán de que llegara sano y salvo a las clarisas; hombretones (sÃ, tanto amberinos como austriacos) que avanzaban con los labios apretados en silencio. Y por encima y a través de todos se oÃa aquel toque agudo, aquel grito de socorro en la extrema necesidad.