Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Esas palabras fueron lo último que oí. Cuando recuperé el conocimiento, estaba muy débil y con ganas de comer para recuperar las fuerzas. Vi al posadero sentado a mi lado, observándome. También él parecía demacrado y consumido; se había enterado de que me habían herido y me había buscado. ¡Sí! La lucha continuaba, pero el hambre era terrible: le habían contado que la gente se estaba muriendo por falta de alimentos. Me lo dijo con lágrimas en los ojos. Pero se sobrepuso en seguida y recuperó su alegría natural. Sólo había ido a verme el padre Bernard. (¿Quién debía hacerlo, en realidad?). El padre Bernard volvería aquella tarde, lo había prometido. Pero no volvió, aunque me levanté, me vestí y esperé su visita anhelante.

El posadero me sirvió una comida que había preparado él mismo; no me dijo de qué estaba hecha, pero era excelente, y sentí que recuperaba las fuerzas con cada bocado. El buen hombre se sentó a mi lado, observando mi evidente gozo con una sonrisa afable. Pero, cuando sacié el apetito, empecé a notar cierta añoranza en sus ojos, como si suspirase por la comida que yo casi había terminado, porque lo cierto es que, en aquel momento, apenas me hacía cargo de la gravedad del hambre. Se oyó de pronto el rumor de muchas pisadas que pasaban rápidas junto a la ventana.


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