Cuentos goticos
Cuentos goticos Cerca de mí y arrastrado por el empuje de muchos combatientes, vi al amberino con la cicatriz todavía tierna en la cara; acto seguido, la presión le arrojó sobre el oficial austriaco Gisborne; reconoció a su adversario antes de recuperarse de la conmoción.
—¡Vaya! ¡El inglés Gisborne! —exclamó, lanzándose sobre él con furia renovada. Le asestó un golpe, el inglés cayó al suelo, y en ese momento surgió entre el humo una figura gris que se interpuso entre él y la espada centelleante que blandía el amberino. Detuvo este el brazo. Ni los austriacos ni los amberinos hacían daño intencionadamente a las clarisas pobres.
—¡Déjamelo a mí! —dijo una voz baja, grave y resuelta—. Es mi enemigo hace muchos años.