Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Aquella noche estalló una revuelta en Amberes. La población se rebeló contra sus amos austriacos. Y estos, que controlaban las puertas de la ciudad, permanecieron en calma en la ciudadela. El estruendo del gran cañón barría lúgubremente la ciudad sólo de vez en cuando. Pero se equivocaron si creían que los disturbios se calmarían y se consumirían en el furor de unas horas. Los sublevados tomaron los principales edificios municipales en pocos días. Los austriacos salieron en brillante y violenta formación, tranquilos y sonrientes, camino de los puestos asignados, como si las turbas enfurecidas fuesen simples enjambres de moscas de verano. Las maniobras practicadas y los disparos certeros hablaron con terribles efectos. Pero de la sangre de cada insurrecto caído surgían tres dispuestos a vengar su muerte. Intervino entonces un temible aliado de los austriacos, un enemigo mortal. Los alimentos, que escaseaban y eran caros desde hacía varios meses, ya no podían conseguirse a ningún precio. Se hicieron esfuerzos desesperados para introducir provisiones en la ciudad, porque los sublevados tenían amigos fuera. Se libró un gran combate junto al puerto, cerca de la Scheldt. Yo me había unido a los sublevados y estaba allí ayudándoles. Tuvimos un enfrentamiento encarnizado con los austriacos. Cayeron muchos de los dos bandos. Los vi tendidos sangrando un momento y luego el humo de una descarga los oscureció; y, cuando se despejó, estaban muertos, pisoteados o asfixiados, aplastados y ocultos por los nuevos heridos de la última descarga. Y en ese instante vi una figura con hábito y toca grises que cruzaba entre los fogonazos y se inclinaba sobre algún herido que se estaba desangrando; unas veces era para darle a beber de latas que llevaban colgadas a los costados; otras veces, vi el crucifijo sostenido sobre un agonizante, y que se rezaban rápidas oraciones, que los hombres no oían en medio del clamor y el estruendo infernal, pero que sí oía Quien está en el cielo. Yo lo veía todo como en un sueño: la realidad de aquellos crudos momentos era el combate y la matanza. Sabía que las figuras grises, con los pies descalzos y ensangrentados y la cara oculta por el velo, eran las clarisas pobres, que habían salido porque el tormento atroz estaba ahora fuera y el peligro inminente al lado. Por eso habían abandonado su refugio enclaustrado para adentrarse en aquella confusión sobrecogedora y maligna.


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