Cuentos goticos

Cuentos goticos

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No era un joven fuera de lo común en modo alguno. Era en general apacible, indolente y dócil; pero, si se enfadaba de verdad, sus pasiones eran vehementes y espantosas. Casi se temía a sí mismo, en realidad, y el miedo a perder el control le impedía ceder fácilmente a la cólera justificable. Es probable que si se hubiera educado juiciosamente se hubiese distinguido en esas ramas de la literatura que requieren gusto e imaginación, más que en las que exigen ejercitar la reflexión o el juicio. Su gusto literario, por decirlo así, se manifestaba en hacer colecciones de los más variados restos arqueológicos cambrianos, y su colección de manuscritos galeses sin duda habría motivado la envidia del mismísimo doctor Pugh[21] si hubiese vivido en la época sobre la que escribo.

Hay una característica de Robert Griffiths que no he mencionado, y que era rara entre los de su clase: la escasa afición a la bebida. No sé si se debía a que se le subía en seguida a la cabeza o a que su gusto parcialmente refinado le hacía mirar con desagrado la embriaguez y sus consecuencias. Pero lo cierto es que Robert Griffiths estaba siempre sobrio a los veinticinco años, algo tan raro en Llyn que la gente le evitaba por huraño e insociable, y pasaba mucho tiempo a solas.



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