Cuentos goticos
Cuentos goticos Volvió a casa unas Navidades, cuando llevaba un año o así en Bangor, y se encontró con la sorpresa de que la subestimada Augharad estaba a punto de casarse con un caballero del sur de Gales que residía cerca de Aberystwith. Los chicos rara vez aprecian a sus hermanas; pero Owen pensó entonces en los muchos desaires que le había hecho a la paciente Augharad, y dio rienda suelta a amargos reproches, los cuales, con una falta de control egoísta de sus palabras, dirigía sin cesar a su padre, hasta que este se sintió profundamente herido y apesadumbrado por las repetidas exclamaciones de «¿Qué haremos cuando se vaya Augharad?» y «¡Qué aburridos estaremos cuando Augharad se case!». Prolongó unas semanas las vacaciones para poder asistir a la boda; y, cuando terminaron todos los festejos y los novios se fueron de Bodowen, el chico y su padre se dieron cuenta de verdad de lo mucho que echaban de menos a la tranquila y cariñosa Augharad. Ella se había ocupado con esmero y discreción de tantas pequeñas tareas de las que dependía su comodidad diaria que parecía faltar el espíritu que mantenía el orden de la casa pacíficamente; los sirvientes vagaban en busca de órdenes e instrucciones; las habitaciones ya no tenían esa discreta disposición que aporta el gusto y que las alegraba; hasta los fuegos de las chimeneas eran más débiles y no hacían más que desmoronarse en pálidos montones de cenizas. Owen no lamentó en absoluto tener que volver a Bangor, y eso también lo advirtió el padre, mortificado. El señor Griffiths era un padre egoísta.