Cuentos goticos
Cuentos goticos Extendió una vela grande y cubrió con ella el cuerpo de su padre, tendido en el fondo del barco. Luego sujetó los remos con las manos entumecidas y salió a mar más abierto, rumbo a Criccaeth. Fue costeando hasta un entrante en sombra en las oscuras peñas: remó hasta la orilla y ancló el barco. Saltó a tierra y subió tambaleante, deseando por una parte caer en las aguas oscuras y descansar, y, por otra, buscando instintivamente el punto más seguro para apoyar el pie en la abrupta pared rocosa, hasta que llegó a la cima tapizada de hierba. Corrió desde allí hacia Penmorfa como si le persiguieran; corrió con energía enloquecida. De pronto se detuvo, se volvió y, corriendo de nuevo con la misma rapidez, se tumbó en el suelo boca abajo en la cima, mirando hacia el barco, forzando la vista para comprobar si algún movimiento indicaba vida, algún cambio en un pliegue de la vela. Todo estaba quieto, pero, mientras miraba, con la luz cambiante, creyó ver un leve movimiento. Corrió entonces hasta una parte más baja de la peña, se desnudó, se lanzó al agua y nadó hasta el barco. Todo estaba en calma cuando llegó, ¡sobrecogedoramente en calma! Esperó unos instantes sin atreverse a levantar la tela. Luego, pensando que podía volver a apoderarse de él el terror (de abandonar a su padre cuando aún conservaba una chispa de vida), alzó la lona que le servía de mortaja. ¡Los ojos abiertos de su padre muerto le miraron! Le cerró los párpados y le sujetó la mandíbula. Miró de nuevo. Esta vez se irguió sobre el agua y le besó en la frente.