Cuentos goticos
Cuentos goticos Besó a la joven desconocida en ambas mejillas antes de saber exactamente quién era, sólo porque era forastera y parecía triste y desamparada; y luego volvió a besarla porque el capitán Holdernesse la confió a sus buenos oficios. Y así, tomó a Lois de la mano y la hizo pasar a la rústica y sólida casa de troncos por la puerta de la que colgaba una gran rama, a modo de letrero de posada para viajeros. Pero la viuda Smith no recibía a todos los hombres. Era muy fría y reservada con algunos, sorda a todos los requerimientos menos a uno: en qué otro sitio podrían encontrar alojamiento. A este daba pronta respuesta, despidiendo rápidamente al huésped inoportuno. Y se guiaba en estos asuntos por el instinto: le bastaba mirar al individuo a la cara para saber si debía aceptarlo o no como huésped en la misma casa que sus hijas; y su pronta decisión en tales cuestiones le confería cierta autoridad que nadie osaba desobedecer, máxime teniendo como tenía vecinos fieles que la respaldaban si la sordera en primer lugar y la voz y el gesto en segundo no bastaban para despedir al presunto huésped. La viuda Smith elegía a sus clientes por su aspecto físico, no por la apariencia de sus circunstancias materiales. Quienes se alojaban una vez en su posada, volvían siempre; pues poseía el don de que todos se sintieran como en casa bajo su techo. Sus hijas Prudence y Hester tenían algunos de los dones de su madre, aunque no en el mismo grado de perfección. Ellas razonaban un poco sobre el aspecto del desconocido, en vez de reconocer al momento si les gustaba o no; atendían a las indicaciones de calidad y corte del atuendo como referentes de su posición social. Eran más reservadas que su madre, vacilaban más, carecían de su pronta autoridad, de su poder feliz. No hacían el pan tan ligero, se les dormía a veces la nata cuando tendría que convertirse en mantequilla, y no siempre preparaban el jamón «igual que los del viejo país», como decían que lo hacía su madre; pero eran jóvenes bondadosas, disciplinadas y amables, y se levantaron para saludar a Lois con un cordial apretón de manos cuando entró su madre con la joven, a quien rodeaba con un brazo por la cintura, en la estancia privada que ella llamaba salón. El aspecto de la habitación extrañó a la joven inglesa. Se veían los troncos de los que estaba construida la casa aquí y allá entre la argamasa, aunque delante de la argamasa y de los troncos colgaban pieles de animales raros, que habían regalado a la viuda muchos comerciantes, lo mismo que sus huéspedes marineros le llevaban otra clase de regalos (conchas, sartas de cuentas de concha, huevos de aves marinas y objetos del viejo país). La habitación más parecía un pequeño museo de historia natural de aquel entonces que un salón; despedía un olor extraño, peculiar, pero no desagradable, y atenuado en cierto grado por el humo del enorme tronco de pino que se consumía en la chimenea.