Cuentos goticos
Cuentos goticos En cuanto su madre les dijo que el capitán Holdernesse estaba en el recibidor, las hermanas empezaron a recoger la rueca y las agujas de punto y a preparar algo de comer. Lois las observó distraída, sin saber qué clase de comida era. Primero dejaron fermentar la masa para las tortas; luego sacaron de una rinconera (regalo de Inglaterra) una enorme botella cuadrada de un cordial llamado Golden Wasser[26]; luego, un molinillo de chocolate (manjar sumamente raro en todas partes entonces); luego, un gran queso de Cheshire. Prepararon tres rodajas de venado para asar, cortaron fiambre de cerdo que rociaron con melaza, un pastel grande parecido a un bizcocho de frutos secos, pero al que las hermanas llamaban «pastel de calabaza», pescado fresco y salado a la brasa, ostras de distintas formas. Lois pensó que no iban a acabar nunca de sacar comida para agasajar a los forasteros del viejo país. Por fin lo colocaron todo en la mesa, las viandas calientes, humeantes; pero todo se había quedado frío, por no decir helado, cuando el señor Hawkins (un anciano vecino de gran prestigio, a quien la viuda Smith había invitado para que se enterara de las noticias) terminó la bendición, a la que incorporó una acción de gracias por el pasado y oraciones por la vida futura de todos los presentes, según las circunstancias de cada uno, en la medida en que el anciano podía deducirlas de su apariencia. No habría terminado tan pronto su bendición de no haber sido por el golpeteo un tanto impaciente en la mesa del mango del cuchillo con que el capitán Holdernesse acompañó la segunda parte de las palabras del anciano. Todos se habían sentado a la mesa demasiado hambrientos para hablar mucho; pero, cuando calmaron un poco el apetito, aumentó su curiosidad y todos tenían mucho que contar y mucho que oír. Lois estaba bastante al día de las noticias de Inglaterra; pero escuchó con natural atención cuanto se dijo sobre el nuevo país y las gentes nuevas entre quienes iba a vivir. Su padre había sido jacobita, que así habían empezado a llamar a los partidarios de los Estuardo. Y también había sido partidario del arzobispo Laud[27], por lo que sabía poco de las costumbres y razones de los puritanos hasta entonces. El anciano Hawkins era de los más estrictos entre los estrictos, y su presencia intimidaba bastante a las dos hijas de la casa. Pero la viuda era una persona privilegiada; su reconocida bondad (cuyos efectos habían experimentado muchos) le concedía la libertad de hablar que se negaba tácitamente a otros, que se exponían a que los consideraran impíos si sobrepasaban ciertos límites convencionales. Y el capitán Holdernesse y su segundo siempre decían lo que pensaban delante de quien fuese. Así que, en este primer contacto con Nueva Inglaterra, Lois no pudo apreciar bien las peculiaridades de los puritanos, aunque sí lo suficiente para sentirse muy sola y extraña.