Cuentos goticos
Cuentos goticos Llegamos al final de la tarde, no habían encendido el fuego y el vestíbulo estaba oscuro y sombrío, aunque no esperamos allí ni un instante. El viejo sirviente que nos había recibido hizo una venia al señor Henry y nos llevó por la puerta del otro lado del gran órgano y luego por varias salas más pequeñas y varios pasillos hasta el salón de la parte oeste, donde dijo que esperaba la señorita Furnivall. La señorita Rosamond estaba la pobre todo el tiempo muy pegadita a mí, como si se sintiese asustada y perdida en aquel enorme lugar; y no es que yo me sintiese mucho mejor. La sala oeste resultaba muy alegre, había un gran fuego encendido, y muchos muebles buenos y cómodos. La señorita Furnivall era una anciana que rondaría los ochenta, diría yo, aunque no estoy segura. Era alta y delgada, con la cara tan llena de arrugas finas que parecía dibujada con la punta de una aguja. Tenía los ojos muy abiertos, supongo que para compensar que era tan sorda que se veía obligada a usar trompetilla. Sentada a su lado y trabajando en el mismo tapiz, estaba la señora Stark, que era su doncella y dama de compañía, y casi tan vieja como ella. Vivía con la señorita Furnivall desde que ambas eran jóvenes y ya parecía una amiga más que una sirvienta; tenía un aire tan gélido, gris e imperturbable como si no hubiese querido nunca a nadie ni se hubiese interesado por nadie; y no creo que lo hiciera, salvo por su ama, a quien trataba casi como si fuese una niña, debido a la sordera. El señor Henry les dio algún mensaje de mi amo, se despidió de nosotras con una venia (sin reparar en la mano extendida de mi dulce señorita Rosamond), y nos dejó allí plantadas, mientras las dos ancianas lo miraban a través de sus gafas.