Cuentos goticos
Cuentos goticos Me alegré mucho cuando llamaron al sirviente que nos había recibido y le dijeron que nos llevara a nuestras habitaciones. Salimos del salón y pasamos a otra sala, la cruzamos, subimos un gran tramo de escaleras y seguimos por una amplia galería (que parecía una biblioteca, porque tenía a un lado libros, y al otro, ventanas y escritorios) hasta que llegamos a nuestras habitaciones. No me disgustó saber que quedaban justo encima de las cocinas, pues empezaba a pensar que me perdería en aquella casa laberíntica. Había un antiguo cuarto de niños, que habían utilizado todos los señoritos y las señoritas de la familia hacía mucho tiempo, con un fuego agradable en la chimenea, la tetera hirviendo en la rejilla y la mesa puesta con las cosas del té. Y al lado de aquella habitación estaba el dormitorio de los niños, con una cunita para la señorita Rosamond junto a mi cama. Y el viejo James llamó a su mujer Dorothy para que nos diera la bienvenida; y fueron los dos, él y ella, tan hospitalarios y tan cariñosos con nosotras que la señorita Rosamond y yo empezamos a sentirnos en casa poco a poco. Y cuando terminamos de tomar el té, ya estaba ella sentada en el regazo de Dorothy cotorreando todo lo deprisa que le permitía su pequeña lengua. No tardé en enterarme de que Dorothy era de Westmoreland, y eso en cierto modo nos unía a las dos; y no creo que encuentre nunca gente más amable que el viejo James y su mujer. James había vivido casi toda la vida con la familia de mi señor y creía que no existía nadie tan grande como él. Incluso miraba un poco por encima del hombro a su mujer porque ella sólo había vivido en casa de un labrador antes de casarse con él. Pero la quería mucho, y no podía por menos. Tenían una sirvienta por debajo de ellos para hacer todo el trabajo duro. La llamaban Agnes; y ella y yo, y James y Dorothy, con la señorita Furnivall y la señora Stark, formábamos la familia; ¡sin olvidar nunca, claro, a mi dulce señorita Rosamond! Todos estaban tan pendientes de ella que muchas veces me preguntaba qué harían antes de que llegáramos. Cocina y salón por igual. La triste y severa señorita Furnivall y la fría señora Stark se alegraban cuando llegaba ella gorjeando como un pajarito, jugando y saltando de acá para allá, cotorreando sin parar con su graciosa y alegre cháchara. Estoy segura de que cuando se iba a la cocina lo lamentaban, aunque eran demasiado orgullosas para pedirle que se quedase con ellas, y les sorprendía un poco aquella preferencia. Como decía la señora Stark, no tenía nada de sorprendente, teniendo en cuenta el linaje de su padre. La casona laberíntica era un lugar fabuloso para la señorita Rosamond. Hacía expediciones por todas partes, conmigo detrás pisándole los talones; menos al ala este, que no estaba nunca abierta y adonde ni siquiera se nos ocurría ir. Pero en la parte norte y oeste había muchos sitios agradables, llenos de cosas que nos parecían curiosidades, aunque tal vez no lo fuesen para quienes habían visto más mundo. Las grandes ramas de los árboles y la hiedra que las cubría oscurecían las ventanas, pero podíamos ver en la penumbra verdosa los jarrones de porcelana antiguos y las cajas de marfil talladas y libros enormes, ¡y, sobre todo, los cuadros antiguos!