Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Recuerdo que una vez mi querida niña pidió a Dorothy que nos acompañara para que nos dijera quiénes eran los personajes de los cuadros; porque eran retratos de la familia de mi señor, aunque ella no sabía los nombres de todos. Habíamos recorrido casi todas las habitaciones y llegamos al espléndido salón que quedaba encima del vestíbulo, en el que había un retrato de la señorita Furnivall; o señorita Grace, que era como se llamaba entonces, por ser la hermana más pequeña. ¡Debía de haber sido una belleza! Pero con aquel aire resuelto y orgulloso y aquel desdén con que miraban sus bellos ojos, con las cejas enarcadas sólo un poquito, como si le sorprendiera que alguien pudiese cometer la impertinencia de mirarla; y nos miraba frunciendo los labios, mientras la contemplábamos. Yo nunca había visto una ropa como la que llevaba, pero era lo que estaba de moda cuando era joven: un sombrero de un género blanco y blando como piel de castor, echado un poco sobre las cejas, y con un penacho de plumas muy bonito a un lado; y el vestido de raso azul estaba abierto por delante mostrando un peto blanco guateado.

—¡Ay, qué cierto es que somos polvo! —exclamé después de mirarlo bien—. Pero ¿quién diría que la señorita Furnivall fue una belleza tan extraordinaria viéndola ahora?


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