Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Los días fueron acortándose a medida que avanzaba el invierno, y, a veces, yo estaba casi segura de que oía un sonido como si alguien estuviese tocando el gran órgano del vestíbulo. No lo oía todas las noches, pero sí bastante a menudo, y casi siempre cuando acostaba a la señorita Rosamond y me sentaba a su lado en el dormitorio sin moverme, en silencio. Entonces lo oía resonar a lo lejos cada vez más fuerte. La primera noche que lo oí le pregunté a Dorothy cuando bajé a cenar quién había estado tocando música y James dijo muy cortante que era una necia si tomaba por música el murmullo del viento entre los árboles. Pero me di cuenta de que Dorothy le miraba muy asustada, y Agnes, la chica que ayudaba en la cocina, musitó algo y se puso muy pálida. Vi que no les gustaba la pregunta, así que decidí guardar silencio hasta estar a solas con Dorothy, porque sabía que entonces podría sacarle muchas cosas. Así que al día siguiente esperé el momento oportuno e intenté convencerla de que me dijera quién tocaba el órgano, porque sabía muy bien que se trataba del órgano y no del viento, aunque no se lo hubiese dicho a James. Pero os aseguro que Dorothy se había aprendido la lección, porque no conseguí sacarle una palabra. Así que probé con Agnes, aunque siempre la había mirado un poco por encima del hombro, ya que yo estaba al mismo nivel que James y Dorothy, y ella era poco más que su criada. Agnes me dijo que no debía contarlo nunca, y que si alguna vez lo contaba no debía decir que me lo había dicho ella, pero que se oía un ruido muy extraño y que ella lo había oído muchas veces, y sobre todo las noches de invierno y antes de las tormentas; la gente decía que era el señor que tocaba el órgano del vestíbulo como cuando estaba vivo; pero ella no sabía, o no quiso decírmelo, quién era el señor, por qué tocaba y por qué lo hacía precisamente en invierno las noches de tormenta. ¡Bien! Ya os he dicho que yo era una muchacha valiente, así que pensé que era bastante agradable que aquella música grandiosa recorriese la casa, fuese quien fuese el músico; porque la cuestión es que se elevaba sobre las fuertes ráfagas de viento y gemía y se imponía exactamente igual que un ser vivo y descendía luego hasta la más completa suavidad; pero siempre melódica y musical, así que era un disparate decir que era el viento. Al principio creí que podría ser la señorita Furnivall quien tocaba, sin que Agnes lo supiera; pero un día, estaba yo sola en el vestíbulo, abrí el órgano y lo miré todo y miré por dentro, como había hecho una vez con el órgano de la iglesia de Crosthwaite, y vi que, aunque pareciese tan estupendo y tan magnífico por fuera, por dentro estaba todo destrozado; y entonces, a pesar de que era mediodía, se me puso la carne de gallina. Cerré el órgano y me fui corriendo al luminoso y alegre cuarto de los niños. Y después de eso, durante un tiempo, no me gustaba oír la música más que a James y a Dorothy. Y durante todo ese tiempo la señorita Rosamond se había ido haciendo querer más y más. Las ancianas almorzaban pronto y les gustaba que comiera con ellas. James se colocaba detrás de la silla de la señorita Furnivall; y yo, detrás de la de la señorita Rosamond. Todo muy ceremonial. Después de comer, la niña jugaba en un rincón del gran salón, callada como un ratoncito, mientras la señorita Furnivall dormía, y yo comía en la cocina. Pero después se venía muy contenta conmigo al cuarto de los niños, porque, como ella me decía, la señorita Furnivall era muy triste y la señora Stark muy aburrida; pero nosotras éramos bastante alegres. Y, poco a poco, dejé de preocuparme por aquella extraña música retumbante, que no hacía ningún mal, aunque no supiéramos de dónde procedía.


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