Cuentos goticos
Cuentos goticos La única persona que echaba de menos a Lois (y que habría sido su amigo de haber podido) era Manasseh, el pobre y loco Manasseh. Pero decía cosas tan disparatadas y escandalosas que lo único que podía hacer su madre era procurar ocultar su estado a la observación pública. A tal fin, le había dado una poción somnífera; y mientras dormía profundamente bajo los efectos de la infusión de adormidera, lo ató con cuerdas a su antigua y sólida cama. Parecía desconsolada al cumplir este cometido y reconocer la degradación de su primogénito, él, de quien siempre se había sentido tan orgullosa.
Aquella tarde a última hora Grace Hickson estuvo en la celda de Lois, encapuchada y embozada hasta los ojos. Lois apenas se movía, jugueteando ociosamente con un trozo de cordel que se le había caído del bolsillo a uno de los magistrados por la mañana. Su tía se quedó a su lado un momento en silencio. Lois no advirtió su presencia hasta que alzó la vista de pronto: entonces gritó débilmente y se apartó de la figura oscura. Entonces, como si el grito le hubiese soltado la lengua, Grace empezó a decir:
—Lois Barclay, ¿te he hecho daño alguna vez?