Cuentos goticos

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El capitán Holdernesse habló entonces una vez más para decir que el día de ayuno general, que tenía que cumplirse en toda Nueva Inglaterra, cuando los templos estaban completamente llenos de fieles, un anciano muy mayor de cabello blanco se levantó del sitio donde solía rezar y entregó al púlpito una confesión escrita que había intentado leer personalmente un par de veces; en ella reconocía su grandísimo y grave error en el asunto de las brujas de Salem, y suplicaba el perdón de Dios y de su pueblo, rogando finalmente que todos los presentes rezaran con él para que su comportamiento pasado no atrajera la cólera del Altísimo contra su país, su familia y él mismo. Aquel anciano, que no era sino el mismísimo juez Sewall, aguardó de pie mientras se leyó su confesión; y, cuando concluyó la lectura, declaró: «Que Dios misericordioso y bondadoso tenga a bien salvar a Nueva Inglaterra, a mi familia y a mí». Y luego se había sabido que, durante los años transcurridos, el juez Sewall había reservado un día de humillación y oración para mantener vivo el arrepentimiento y el pesar por el papel que había desempeñado en aquellos juicios; y que había prometido respetar este solemne aniversario mientras viviese para demostrar su sentimiento de profunda humillación.

Hugh Lucy dijo con voz temblorosa:

—Todo esto no resucitará a mi Lois, ni me devolverá la esperanza de mi juventud.


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