Cuentos goticos

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Abrió la puerta Hester, en respuesta a la fuerte llamada de Nathan con su sólido bastón de roble. A ella le daba la luz de lleno y a él la sombra. Hubo un breve silencio. Él examinó la cara y la figura de su antiguo amor, a quien no había visto en veinte años. La lozanía de la juventud se había disipado. Como ya he dicho, Hester era una mujer de aspecto sencillo y poco agraciada, pero de cutis terso y ojos francos y agradables. Ya no tenía la figura torneada, y vestía el blusón azul y blanco atado a la cintura con las cintas del delantal blanco, y la saya corta de pañete rojo le dejaba al descubierto los pies y los tobillos pulcros. Su antiguo enamorado no se entregó al arrobamiento. Se limitó a decirse: «Aceptará», y fue directamente al grano.

—No me reconoces, Hester. Soy Nathan, tu padre me echó al instante por quererte para esposa, el próximo día de san Miguel hará veinte años. No he pensado mucho en matrimonio desde entonces. Pero mi tío Ben ha muerto dejándome una pequeña cantidad en el banco. He comprado la granja de Nab-end y un poco de ganado y necesitaré una mujer que se haga cargo de todo. ¿Te gustaría? No voy a engañarte, es una granja lechera y podría ser de labranza. Pero para eso necesitaría más caballos de los que me iba bien comprar, y aproveché la oferta de un buen lote de vacas. Y ya está. Si me aceptas, vendré a buscarte en cuanto se recoja la hierba.

—Pasa y siéntate —dijo simplemente Hester.


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