Cuentos goticos
Cuentos goticos Nathan pasó y se sentó. Hester siguió preparando la comida de la familia, sin prestarle más atención a él que a su bastón durante un rato. Mientras tanto, Nathan observaba sus movimientos vivos y briosos, y se repetía: «Aceptará». Al cabo de unos veinte minutos de silencio así empleados, él se levantó y dijo:
—Bueno, Hester, me marcho. ¿Cuándo quieres que vuelva?
—Quiero que hagas lo que quieras —repuso Hester, procurando adoptar un tono ligero e indiferente; pero él advirtió que se le iban y se le venían los colores y que temblaba mientras seguía trajinando. Al momento, besó a Hester Rose como es debido. Y cuando ella se volvió para regañar al maduro granjero, le pareció tan sereno que vaciló.
—He hecho lo que quería, y tú también, supongo. ¿El sueldo es mensual y hay que avisar con un mes? Hoy es día ocho. Nos casaremos el ocho de julio. No tengo tiempo para cortejarte hasta entonces, y la boda no puede ser larga. No podemos perder más de dos días a nuestra edad.
Parecía un sueño, pero Hester decidió no pensar más en ello hasta que acabara el trabajo. Y, cuando lo recogió todo por la tarde, fue a dar el aviso a su señora, y le contó toda la historia de su vida en pocas palabras. Al cabo de un mes, tal día como aquel, se casó y dejó la casa de la señora Thompson.