Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Bueno! Verás, padre, es difÃcil ganarse la vida con el derecho; sé por experiencia que un hombre no tiene ninguna posibilidad de salir adelante en la profesión si no es conocido, conocido por los jueces, y los mejores abogados de los tribunales superiores y demás. En fin, mi madre y tú no tenéis conocidos a quienes poder recurrir precisamente en ese campo. Aunque, por suerte, he conocido a un hombre, a un amigo, deberÃa decir, que es realmente un individuo de primera, y que conoce a todo el mundo, desde el presidente de la Cámara de los Lores para abajo, y que me ha ofrecido una participación en su negocio, que sea su socio, en resumen… —vaciló un momento.
—Estoy seguro de que es un caballero fuera de lo común —dijo Nathan—. Me gustarÃa darle las gracias personalmente. Pues no hay muchos hombres que saquen a un joven del barro, por asà decirlo, y le digan: «Toma la mitad de mi buena fortuna, señor, y que te vaya muy bien». Cuando tienen un poco de suerte, casi todos escapan con ella y se lo guardan todo para sà mismos, y lo engullen en un rincón. ¿Cómo se llama tu amigo? Me gustarÃa saberlo.
—No me comprendes, padre. Buena parte de lo que has dicho es cierto al pie de la letra. A la gente no le gusta compartir su buena suerte, como dices.
—Por eso honra más a quienes la comparten —le interrumpió Nathan.