Cuentos goticos
Cuentos goticos —Tal vez fuera lo mejor que podrÃas hacer —empezó a decir el padre. Benjamin apretó los dientes con fuerza para contener la maldición. Menos mal que el pobre Nathan no se volvió entonces y no pudo ver la mirada que le lanzaba su hijo—. Pero serÃa bastante duro para nosotros, para Hester y para mÃ, porque, seas o no un buen muchacho, eres sangre de nuestra sangre, nuestro único hijo, y aunque no seas lo que desearÃa un hombre, tal vez sea culpa nuestra por habernos enorgullecido tanto de ti… (Su madre se morirÃa si se fuera a América; y Bess también, ¡la chica lo tiene en tanto!). —Sus palabras, dirigidas en principio a su hijo, habÃan pasado a ser un monólogo, que Benjamin escuchó con tanta atención como si se dirigiera a él. Tras una pausa de reflexión, el padre se dio la vuelta—: Ese hombre… no creo que sea amigo tuyo si se le ocurre pedirte ese dineral… Estoy seguro de que no es el único que podrÃa darte una oportunidad… Tal vez otros lo hagan por menos.
—Ninguno; nadie me darÃa las mismas oportunidades —dijo Benjamin, creyendo advertir indicios de que su padre empezaba a ceder.
—Bien, entonces, puedes decirle que ni él ni tú vais a ver trescientas libras de mi dinero. No digo que no tenga algo guardado por lo que pueda pasar; pero no es tanto, y una parte es para Bessy, que ha sido como una hija para nosotros.