Cuentos goticos

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La escribió, puso la dirección, la selló y se la dio al cartero que regresaba a Highminster tras el reparto y recogida del día, antes de que Hester y Bessy volvieran del mercado. Habían pasado un día agradable de reunión vecinal y cháchara sociable: los precios habían subido y estaban contentas, sólo un poco cansadas y con muchas pequeñas noticias. Tardaron un rato en darse cuenta de lo lánguidamente que recibían sus palabras los oídos del oyente que se había quedado en casa. Pero, viendo que su abatimiento no se debía a ninguna causa corriente, le instaron a que les contara lo que pasaba. La irritación de Nathan no se había disipado. Más bien había aumentado al pensar en ello, y se desahogó sin ambages; y, mucho antes de que acabara, las dos mujeres estaban tan tristes como él, si no tan irritadas. En realidad, uno y otro sentimiento tardaron muchos días en atenuarse en el ánimo de quienes los abrigaban. Bessy se animó antes, porque encontró una forma de desahogar la pena en la actividad; actividad que era en parte compensación por los comentarios cortantes que le había hecho a su primo por cosas que la habían molestado en su última visita y, en parte, porque creía que él no habría escrito una carta como aquella a menos que de verdad necesitara el dinero de forma apremiante; aunque escapaba a su comprensión que necesitase dinero tan pronto después de todo el que le habían dado. Bessy sacó sus ahorros: todas las monedas que le habían regalado desde pequeña, más el dinero que había ganado con los huevos de dos gallinas, que se consideraban suyas; lo reunió todo, sumaba poco más de dos libras (dos libras cincuenta y siete peniques, para ser exactos); dejó los peniques como fondo para sus futuros ahorros y metió el resto en un paquete pequeño que envió con una nota a la dirección de Benjamin en Londres:


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