Cuentos goticos

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Las cartas de Benjamin, aunque no frecuentes, estaban al principio llenas de relatos jubilosos de sus éxitos. Bien es cierto que los pormenores de su prosperidad eran un tanto vagos; pero la realidad de esta quedaba amplia e inconfundiblemente expuesta. Siguieron pausas más largas; cartas más breves, de distinto tono. Más o menos un año después de su partida, Nathan recibió una que le desconcertó y le irritó sobremanera. Algo había ido mal (Benjamin no explicaba qué), pero terminaba pidiendo, exigiendo casi, el resto de los ahorros de su padre, estuviesen en el calcetín o en el banco. El año no había sido propicio para Nathan; se había declarado una epidemia entre el ganado, que les había afectado a él y a los vecinos; y, además, el precio de las vacas, al comprar algunas para reponer las que había perdido, había sido más alto que nunca, que él recordara. Las quince libras del calcetín que dejó Benjamin se habían quedado en poco más de tres. ¡Y que se las pidiera de forma tan perentoria! Antes de comunicar el contenido de la carta a nadie (aquel día Bessy y su tía habían ido al mercado en el carro de un vecino), cogió pluma, tinta y papel y respondió con una negativa, con algunas faltas pero categórica y rotunda. Benjamin ya había recibido su parte, y si no podía arreglárselas con eso, tanto peor para él. Su padre no tenía nada más que darle. Esa era la esencia de la carta.


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