Cuentos goticos

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Bessy empezó a trabajar y a cantar de nuevo en cuanto envió el paquete. No esperaba acuse de recibo; en realidad, tenía tanta confianza en el mensajero (que llevaba los paquetes a York, de donde los enviaban a Londres por diligencia) que estaba segura de que este iría personalmente hasta Londres a entregar todo lo que le hubieran confiado si no se fiaba plenamente de la persona, el coche y los caballos que debían cumplir el encargo. Así que no le preocupaba no recibir noticia de la llegada de su carta. «Dar algo a un hombre que conoces es muy distinto que echarlo por la ranura de un buzón —se dijo—, que una nunca ha visto por dentro; y sin embargo las cartas llegan de un modo u otro». (Esta fe en la infalibilidad del correo se tambalearía pronto). Pero en su fuero interno deseaba la gratitud de Benjamin y algunas palabras de amor que hacía tanto tiempo que no oía. Mejor dicho, pensaba incluso (a medida que fueron pasando los días y las semanas sin recibir una línea) que estaría liquidando sus asuntos en aquel ruinoso y agotador Londres para volver a la granja a darle las gracias personalmente.






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